El Día Mundial de los Humedales llegó este 2 de febrero como un día cualquiera. Se sintió distinto de principio a fin. Y es que no tenía la chispa que solía tener como en años anteriores. No porque los humedales hayan perdido su valor —al contrario—, sino porque el contexto social, política y ambiental actual hace cada vez más difícil mirar esta fecha desde la celebración o el gozo.
Antes, este día solía motivar, instalaba conversaciones y tenía la capacidad de generar conciencia. Hoy, en cambio, aparece como una pausa incómoda entre una sociedad que sigue privilegiando decisiones de corto plazo, donde la promesa del empleo inmediato y el crecimiento económico pesa más que la inversión a largo plazo en ecosistemas que sostienen la vida.
La protección ambiental queda suspendida a ciclos electorales, cambios de gobierno, discursos que relativizan la crisis climática y vuelven frágil cualquier avance. En este escenario, el futuro medioambiental se llena de incertidumbre. Así es como este día deja de ser una conmemoración para transformarse en una instancia de reflexión crítica: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar y con qué consecuencias?
A nivel país, los datos oficiales muestran avances que no son menores, pero que también revelan límites estructurales. La entrada en vigencia de la Ley N° 21.202 de Humedales Urbanos, en 2020, marcó un antes y un después. Se creó por primera vez una figura jurídica específica para reconocer y proteger humedales dentro o en el límite de áreas urbanas.
Bajo esta normativa, el Ministerio del Medio Ambiente ha declarado oficialmente 147 humedales urbanos a nivel nacional, siendo la Laguna Adelaida, en Coquimbo, el último en protegerse. Sin embargo, el mismo Estado reconoce que en el país existen alrededor de 1.473 humedales urbanos identificados, lo que deja en evidencia una brecha profunda entre el reconocimiento formal y la protección efectiva.
Creo que los números importan, porque muestran voluntad institucional, pero también evidencia cuánto queda fuera del marco legal y cuán frágil sigue siendo la conservación ante presiones inmobiliarias, modelos extractivistas y discursos de desinformación.
IV Reporte de Humedales del Biobío
Y aquí es donde nos movemos al territorio que nos convoca: la región del Biobío. Esa tensión entre avance normativo y deterioro territorial se expresa en el IV Reporte de Humedales del Biobío, elaborado por la Red de Humedales del Biobío en febrero de 2026. El documento describe una crisis socioecológica convergente, donde la degradación histórica de humedales urbanos y periurbanos se potencia con los mega incendios forestales en enero de 2026, que consumieron más de 25 000 hectáreas en el territorio regional.
A partir de un catastro ciudadano de 96 registros, de los cuales 79 fueron validados, el informe evidencia una red de humedales sometida a múltiples preisones simultáneas: contaminación y residuos en el 89 % de los casos, presión inmobiliaria y expansión urbana en un 81 %, presión antrópica directa en un 70 % —incluyendo tránsito de vehículos, ganado y perros asilvestrados— y presencia de especies exóticas invasoras en el 68 %.
A esto se suma un dato estructural que desarma cualquier discurso triunfalista: el 94 % de los humedales urbanos declarados en la región no cuenta con planes de manejo activos, evidenciando que la declaratoria legal, por sí sola, no garantiza conservación ni restauración efectiva.
El reporte advierte además que cerca de uno de cada tres humedales del Biobío se encuentra en zonas de interfaz urbano-forestal, donde confluyen incendios, monocultivos forestales y expansión urbana, aumentando exponencialmente los riesgos para las comunidades.
Los incendios no solo arrasan con la vegetación visible. Alteran cuencas hidrográficas completas, generan suelos hidrofóbicos (que repele el agua), incrementan la escorrentía y trasladan sedimentos y contaminantes hacia los humedales ubicados aguas abajo, comprometiendo su capacidad de regulación hídrica y de protección frente a inundaciones.
En este contexto, los humedales dejan de ser ecosistemas secundarias y pasan a entenderse como infraestructura socioecológica crítica, capaz de amortiguar desastres, actuar como cortafuegos naturales, filtrar contaminantes y sostener la resiliencia territorial, tal como plantea el enfoque de Escudo Azul-Verde desarrollado en el informe.
Por todo esto, hoy este día no se siente como una celebración. Se siente como un punto de inflexión. Más que levantar consignas, el Día Mundial de los Humedales obliga a fijar objetivos claros. A asumir responsabilidades políticas y sociales, y a entender que proteger estos ecosistemas no es una opción ideológica ni un gesto simbólico.
Es una condición mínima para enfrentar la crisis climática, los incendios, la escasez hídrica y los desastres socioambientales que ya están ocurriendo. La pregunta ya no es si vale la pena proteger los humedales, sino si estamos dispuestos a cambiar el modelo que los sigue poniendo en riesgo y a sostener esa decisión más allá de gobiernos de turno. Hoy no es un día para celebrar. Es un día para definir rumbo, con datos, con memoria y con una urgencia que ya no admite postergaciones.
