Según la definición internacional de la Convención de Ramsar (1975), un humedal es “una zona de la superficie terrestre que está temporal o permanentemente inundada, regulada por factores climáticos y en constante interrelación son los seres vivos que la habitan”.
Sin embargo, en estas superficies inundadas temporal o permanentemente, ocurre un universo invisible. Allí viven microalgas, pequeños organismos que en algún punto del ciclo de vida de muchas especies se vuelven imprescindibles.
Entre ellas destacan las diatomeas, verdaderas joyas microscópicas.
Tal como explica Pedro Cermeño en su libro ‘Las diatomeas y los bosques invisibles del océano’, se trata de algas unicelulares encerradas en cápsulas de cristal. Aunque diminutas, cumplen un rol gigante: producen oxígeno, fijan carbono y ayudan a mitigar el cambio climático. Conoce del libro en el siguiente enlace.
Las diatomeas además son bioindicadores: al reaccionar a cambios en el agua (pH, nutrientes, salinidad), permiten diagnosticar la salud de un ecosistema.
Como si fueran médicos silenciosos, nos dicen cuándo un humedal está en equilibrio y cuándo no.
Si quieres profundizar en algunos estudios, haz clic sobre este texto.
¿Y en la vida cotidiana?
Sus restos fosilizados forman la famosa tierra de diatomeas, un polvo blanco rico en sílice que fortalece el suelo agrícola y funciona como insecticida natural. Eso sí, su sobreexplotación puede dañar no solo al humedal, sino a toda la cadena trófica que depende de él.
¿Te imaginas cómo lucen estas microalgas llamadas diatomeas?





